¿Aquí se interpreta TODO?


El contacto directo es lo más normal del mundo cuando toca interpretar en un Servicio Público cualquiera. Ya había comentado en alguna entrada anterior que la modalidad de interpretación utilizada casi siempre en este entorno es la bilateral. Esta modalidad propicia ese contacto directo que, a su vez, se intensifica debido a las situaciones tan personales en las que interviene un intérprete de los Servicios Públicos. 

Este hecho tiene su lógica ya que no es lo mismo interpretar en una reunión de trabajo que en una consulta médica donde el paciente, a través de ti, tiene que explicar sus dolencias (ya sean más o menos íntimas). Tampoco es igual que interpretar en la Oficina de Asilo y Refugio donde el demandante de asilo te necesita para que transmitas las razones de su solicitud y, por tanto, la historia de su vida... Y nada tiene que ver con una declaración de malos tratos en una comisaría o con una reunión escolar para informar a los padres del alumno del comportamiento violento de su hijo. 

Todo esto son algunos ejemplos de situaciones comprometidas que pueden surgir y para las que un intérprete en los Servicios Públicos tiene que estar preparado sin caer en un clima de colegueo inadecuado. Daos cuenta de que este tipo de situaciones, casi sin quererlo, son una puerta abierta a la vida privada del usuario y a las relaciones personales con él y, aquí, se plantean dos grandes dilemas: cómo ser un buen profesional sin dejar de ser humano y dónde están los límites entre una cosa y la otra. 

Esta “dudilla” existencial condicionará el comportamiento del intérprete que tendrá que decidir ante tales circunstancias qué interpretar y qué no. Por ejemplo:

- Los secretos: con el “buen rollo”, a menudo los usuarios olvidan el papel del intérprete y su código deontológico haciéndole confidencias. Hay intérpretes profesionales que piensan que hay que traducir “todo, todo y todo”, confidencias incluidas. Yo, por otro lado, creo que depende fundamentalmente de la importancia que estas tengan porque quizá alguna de ellas podría ser motivo de un conflicto innecesario entre los interlocutores. Para comentarios sin mayor relevancia, en mi opinión, lo mejor es parar los pies a tiempo y recordar quién eres y cómo haces tu trabajo.
- Los insultos/amenazas o frases mal sonantes: hay otros usuarios a los que el “cara a cara” les produce justo el efecto contrario al “buen rollo” anteriormente mencionado. Los profesionales que defienden el “todo, todo y todo” piensan que en casos extremos hay que seguir siendo fiel al mensaje original. Yo pienso (siguiendo mi línea de “peace and love”) que el intérprete tiene que intentar apaciguar ese ambiente que quizá haya sido provocado por un mal entendimiento y buscar el motivo que ha desencadenado esa situación desagradable.
- Las mentiras: sí, sí y chocan, especialmente, por el contacto directo del que hablábamos al principio. El usuario comienza a pronunciar un discurso plagado de incongruencias y ¿qué hace el intérprete que es el que pone voz a ese discurso? Desde mi punto de vista, “interpretarlo” tal cual sin emitir un juicio personal a este respecto y sin intentar tomar un protagonismo que no le corresponde (diciendo por ejemplo, que las frases sin sentido son cosa del usuario y no cosa suya).
- Los tonos de voz/las muletillas: por curioso que parezca estos dos elementos también pueden ser “objeto de interpretación”. En algunos idiomas, los tonos de voz o las muletillas son otra forma de expresar el mensaje oral. Hay profesionales que piensan que el intérprete en los Servicios Públicos puede y debe “interpretar” (en el sentido más amplio de la palabra) los tonos de voz y las muletillas explicando el significado que tienen ambas cosas en el discurso meta. A mí, personalmente, esta decisión me parece algo arriesgada por lo que solo recomendaría su interpretación en casos muy evidentes para el intérprete pero no para el receptor del mensaje.
- Los silencios: pocas veces uno se replantea eso de “interpretar” los silencios del orador. Sin embargo, expertos en la materia aconsejan hacerlo siempre y cuando estos silencios sean significativos para el mensaje final. Interpretar un silencio es, por ejemplo, intervenir para comunicar al receptor que en la cultura o idioma del orador ese periodo de “mudez” es o no común. En este caso, sí que estoy totalmente de acuerdo con esa recomendación y creo que es algo que pasa demasiado desapercibido cuando podría ser un detalle importante, sobre todo en determinadas situaciones de los Servicios Públicos.

 En resumen, la interpretación en los Servicios Públicos es una “modalidad” muy especial que merece también un trato especial por parte del intérprete que puede ser de esos que interpretan “todo, todo y todo” o de los que, como yo, preferimos el “depende”.

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